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El Barrio de las Letras

Porque siempre encontramos amigos perrunos que se apasionan con la cultura y el arte, hemos querido, una vez más, prepararos con nuestro divertido e interesante profesor cuya pasión el Madrid, la literatura y la historia. Una delicia. Aquí nos hace entrega de un aperitivo de lo que será el próximo 24 de marzo. Al finalizar nos tomaremos algo, el que quiera quedarse un ratito más con nosotros.

El Barrio de las letras, en esta ocasión nos acompañarán nuestros perretes.

Partiremos de la plaza de la Platería de Martínez junto al paseo del Prado y enfrente del Botánico no sin antes recodar que por estos parajes se paseaba la flor y nata de la alta sociedad madrileña desde finales del siglo XV y hasta los inicios del XX, es decir, reyes, cortesanos, nobles o incluso menestrales, la clase burguesa de aquellas calendas. El pueblo llano, de espectador, como siempre. Lugar, en definitiva, de ocio y postureo que llevó a decir a don Juan de Tassis conde de Villamediana en uno de sus sonetos aquello de “… llego a Madrid y no conozco al Prado y no lo desconozco por olvido sino porque me consta que es pisado por muchos que debiera ser pacido”. En fin, gente de cuajo el conde. Tampoco podemos dejar de mencionar al platero Martínez que da nombre a esta coqueta ágora, aquel oscense discípulo de los Bayeu y los Goya al que Carlos III mandó de Erasmus por Europa para que se enterara de los adelantos en lo referido a estudio y desarrollo del arte platero. Aprovechó el tiempo y no como estos estudiantes de ahora. De allí se trajo los arcanos del oficio, que aquí desarrollaría para disfrute de soberanos, nobles y demás gentes de posibles. Pero vayamos al tema que nos trae, que no es otro que la literatura que rezuma este barrio llamado hoy de las Letras pero que también ha admitido en otros tiempos el de los Comediantes o de las Musas. Y otras denominaciones más procaces. Siempre juntos y hasta revueltos autores, actores y en general gentes de dudosa ética, mucha gramática parda y vida oculta que ya la quisieran para sí algunos canales de televisión basura de los que hay que sufrir a diario. Es decir, farándula pura y dura. Pero vamos allá y metamos riñones Calle Huertas arriba comentando vida y obra de literatos cuyos versos se encuentran inscritos en el empedrado de la calle. El primero es Espronceda, cuyos versos de la Canción del Pirata nos harán imbuirnos de Romanticismo del de verdad, del rebelde, del libertario, huyendo del tópico que asocia este movimiento a lo meloso y blandengue. Después están las referencias a Moratín padre e hijo, a Lope, a Góngora, a Quevedo, a Cervantes, a Echegaray o a Bécquer, entre otros. De todos ellos hablaremos y pondremos a cada cual en su sitio hasta llegar a Galdós, cuyo inicio de la novela Misericordia se encuentra plasmado en la entrada del antiguo cementerio de la iglesia de San Sebastián, que corona esta empeñativa subida. Sí, el mismo camposanto del que el escritor Cadalso quiso desenterrar a su amante, la actriz María Ignacia Ibáñez, muerta en la flor de la vida y un auténtico bellezón, según cuentan los coetáneos y según dejó narrado en su novela Noches lúgubres. Se me olvidaba decir que al pasar por la trasera del convento de las Trinitarias no podemos olvidar aludir, citar y explicar el enterramiento seguro allí del autor del Quijote aunque su tumba no se haya encontrado ni sus huesos hayan aparecido. Misterios de la vida que intentaremos desentrañar. Al llegar a la plaza de Matute estamos obligados a mencionar a Emilio Carrere, un escritor costumbrista madrileño tan interesante como desconocido, nacido allí y al que la Villa y Corte le debe algún homenaje. Sería también un delito que pasáramos por el cruce de Huertas con Príncipe y no nosfijáramos en la vivienda donde Cervantes completó la segunda parte de las aventuras del ingenioso higalgo manchego. Ya estamos en la plaza del Ángel y es obligado echar una mirada al palacio de Tepa donde se encontraba la antigua Fonda de San Sebastián, cenáculo, lugar de tertulia de los escritores ilustrados del siglo XVIII y desde donde el anteriormente nombrado Cadalso miraba lánguido y huevón hacia donde yacía inhumada María Ignacia. Torcemos ahora hacia la Calle de la Cruz para retrotraernos en el tiempo e imaginarnos como sería el Corral de la Cruz, templo del teatro del siglo de oro. Aquel teatro donde hombres y mujeres separados durante la función se lanzaban huevos podridos, todo tipo de vegetales y hasta nueces mientras esperaban el inicio del espectáculo. Puro entretenimiento. Cruzaremos hacia la plaza de Santa Ana por el callejón del Gato. Haremos un alto allí para mirarnos en sus espejos deformantes y comentar su relación con Luces de Bohemia de Valle-Inclán, otro loco maravilloso que afirmaba en dicha obra dramática que para entender lo que somos los españoles había que ir a mirarse en los espejos que allí estaban y están. La imagen que nos devuelven, quijotizada o sanchificada, es lo que somos. Lo dijo Valle, a ver quién le replica. En la plaza de Santa Ana nos daremos de bruces con las estatuas de Calderón y Lorca y sobre todo con el Teatro Español, antiguo Corral de la Pacheca, que junto al anterior de la Cruz, configuran los dos enclaves fundamentales del teatro español del Barroco. Pedro Calderón de la Barca era aquel que escribía comedias de honor varonil ultrajado por el qué dirán y que si hoy viviera no tendría mucho futuro entre las damas . Pero ojo, no rebajemos la calidad de este autor serio y éticamente irreprochable, en un siglo XVII donde todo eran apariencias, hipocresía y aquello de que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, o viceversa, no sé. De Lorca qué vamos a decir. Lo diremos allí sin olvidar que por estos andurriales mostraba su pluma sin complejos a costa de arriesgarse a recibir alguna que otra paliza. Sin embargo, al volver a su cuarto en la Residencia de Estudiantes dejaba, negro sobre blanco, versos preñados de virilidad como aquellos de “Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios, con una vara de mimbre va a Sevilla a ver los toros…”. Bajamos por Calle del Prado para conocer dónde se encontraba el café en el que Bécquer escribió sus Rimas con un tintero prestado, un imperdible abrochándo su levita, unas manos huesudas y una tez de blanco mortecino que denunciaba la enfermedad mortal tal como denunciaba él en aquella rima que dice “una mujer me ha envenenado el alma, otra me ha envenenado el cuerpo, ninguna de las dos vino a buscarme, yo de ninguna de las dos me quejo…”. Torciendo hacia la calle del León situaremos el Mentidero de Representantes, lugar de reunión y tertulia del mundillo teatral del siglo de oro, donde se contrataban actores y donde las actrices se quejaban de estar vetadas por aquellos mismos que iban a hacer disfrutar la vista con sus contorneos en el cercano coliseo del Príncipe. Brazos en jarras y a voz en grito ponían en su sitio a más de un petimetre. En el cruce con la calle Cervantes conoceremos la casa donde murió el manco de Lepanto y autor más importante de las letras españolas. Vivienda que quiso comprar el ayuntamiento en tiempos de Isabel II para dedicarla a uso cultural y que se negó a vender su dueño, un burgués nuevo rico. Decía ser consciente de que “allí había vivido don Quijote” pero no cedió. A continuación veremos desde fuera la casa de Lope de Vega y comentaremos su vida literaria y privada, a cual de las dos más interesante. Fénix de los ingenios llamado, y con razón. Y por numerosos maridos odiado, con más razón aún. Por último y muy cerca de allí ubicaremos la casa de Quevedo en la calle del mismo nombre y su tormentosa relación con otro genio de las letras como Luis de Góngora. Compró la casa don Francisco para darse el gusto de desahuciar a Góngora que allí residía de alquiler. Le dio plazo y el día de autos lo esperó a las ocho de la mañana en la puerta. Lo miró a los ojos con toda la soberbia de que fue capaz y se llevó una alegría de las que dicen que da la venganza en plato frío. Eso sí, seguro que a esas horas llevaba en el pellejo el contenido de al menos un par de azumbres de buen tinto de Arganda o San Martín de Valdeiglesias. Y, en fin, cuando lleguemos a ese punto creo que estaremos en posición de merecer nosotros también, si no un añejo caldo de Navalcarnero al menos un prosaico refresco para aliviar el gaznate después de tanto patear y parlotear.

Barrio de las Letras


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